![]() |
Aproximaciones
al fenómeno de las sectas: |
|||||||||||||||||||
Última revisión: 26 Dic 1999
Al preocupante fenómeno de las sectas hay que responder con una acción pastoral que ponga en el centro de todo a la persona, su dimensión comunitaria y su anhelo de una relación personal con Dios
Juan Pablo
II
Discurso Inaugural de Santo Domingo, n. 12
Desafíos y enfoques pastorales
Los "instrumentos" que nos brinda la Iglesia
Aquel terreno fértil que se nos presenta hoy y al que hacíamos referencia en el apartado anterior, es el verdadero desafío pastoral que debemos afrontar y al que debemos dar respuesta de modo necesario. Nuestro desafío pastoral no son tanto los Nuevos Movimientos Religiosos, cuando el hombre contemporáneo con su compleja falencia cultural que lo deja sediento de trascendencia. En definitiva, las sectas no son más que otro síntoma de la crisis de una cultura.
Por lo tanto, ante todo es imprescindible considerar el problema personal al que hacíamos referencia, no podemos ignorar que los destinatarios de nuestro esfuerzo evangelizador son personalidades conflictuadas, consiguientemente limitadas en su capacidad de dar una respuesta enteramente libre a la interpelación personal que supone la vocación a la trascendencia. Son personalidades que muchas veces buscan en la religión un subsidio afectivo para solucionar sus problemas personales, sin preocuparse de la calidad de verdad de ese subsidio.
Por ejemplo, en el caso de muchas personalidades depresivas, nos encontramos frecuentemente con que algunas sectas se presenta explícitamente como una solución para la depresión. Pero si concebimos rectamente la acción evangelizadora, no podemos de ninguna manera caer en actitudes y metodologías de captación semejantes; ni tampoco permitir que el fiel confunda la fe con un euforizante, ya que el llamado a la conversión es una interpelación a la libertad del individuo que desde su raíz más profunda opta por Cristo reconociéndolo principalmente como su Salvador. Pero por otro lado, tenemos, desde nuestra caridad cristiana, la obligación de ayudar al depresivo y de conducirlo a través de su maduración personal a una aceptación plena y libre de Cristo. Tampoco podemos ignorar que la fe es un potencial que trastoca toda la situación del hombre y permite afrontar situaciones que sin ella se vuelven insostenibles.
Todo esto debe obligarnos a un replanteo profundo de nuestros esquemas y métodos pastorales, para que nos permitan contemplar en toda su complejidad estas nuevas situaciones.
Otro aspecto que no debemos descuidar es el plano de lo cultural. La crisis moral que hemos apuntado antes se traduce básicamente en lo que hoy muchos denominan 'crisis de la cultura occidental', crisis que encuentra su origen en el nominalismo filosófico-teológico y que se ha proyectado en un vaciamiento simbólico de nuestra cultura: nuestros símbolos culturales han perdido fuerza evocativa pues se han alejado de su sentido y su contenido originales (tengamos en cuenta que consideramos a la cultura como un conjunto simbólico que expresa el peculiar modo en que los hombres se relacionan entre sí, con el mundo y con Dios).
La cultura es la que asegura a todo hombre, a través de un conjunto simbólico determinado, su inserción plena en la realidad que lo circunda, pero por sobre todo en la Trascendencia, dándole de este modo inserción en el mundo, sentido de pertenencia y trascendencia, identidad cultural, respuesta a los interrogantes básicos de la existencia humana, y parámetros seguros de acción.
Pero en la medida en que los símbolos culturales han sido vaciados de contenido, éstos pierden su fuerza evocadora, es decir, ya no conducen al núcleo trascendente al que originalmente estaban referidos, y por ende se cae en el formalismo.
El vaciamiento progresivo que ha soportado nuestra cultura cristiana, ha provocado que el hombre se encuentre existencialmente distanciado de Dios como realidad viva y actuantes en su propia vida (secularismo), dejándolo en consecuencia solo e indefenso ante cualquier agresión cultural que procure dar nuevo contenido a un conjunto simbólico que experimenta como hueco, sin importar el verdadero valor ontológico, de tales contenidos. Agresión que es casi espontánea en una sociedad altamente intercomunicada como la de este final del siglo XX.
El estallido religioso de nuestro tiempo, caracterizado por la sacralización de lo profano (algo de lo que el fenómeno de las sectas son una simple expresión parcial), es además de una agresión religiosa al hombre del milenio adveniente, una agresión cultural que está llenando el vacío simbólico en el que estamos inmersos a través de los canales alternativos: el materialismo y la magia.
En este plano, la solución sólo puede alcanzar si trabajamos seriamente por el reencuentro de nuestra cultura cristiana con la realidad trascendente de Dios; para ello, deberíamos plantearnos tres planos diferentes de acción:
- Intensa vida de oración, que nos brindará el contacto personal e íntimo con el Dios trascendente, y que renovará desde su raíz trascendente nuestra vida personal.
- Reflexión seria y madura sobre los contenidos de nuestra fe y el conjunto simbólico en que se ha plasmado, considerando particularmente la Cristología y la Eclesiología.
- Integridad de vida, que consolide lo transmitido a través del símbolo.
Concluyendo, hay una única solución posible para el proceso de disolución en el que estamos inmersos todos, y es que todos y cada uno de nosotros, seamos eficaces difusores del único Evangelio, aquel que en nuestro Bautismo hemos recibido, y que a su vez hemos de transmitir: 'que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y resucito al tercer día, según las Escrituras, y que se apareció a sus discípulos ... el Evangelio de Cristo crucificado, escándalo para los judíos, y locura para los paganos ..
Desafíos y enfoques pastorales
En su Discurso Inaugural de la IVª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, S.S. Juan Pablo II delineó dos grandes caminos de respuesta al desafío que proponen las sectas:
- Las parroquias, como centros de formación y de participación litúrgica, a la vez que de efectiva solidaridad social, en los que se da lugar a las familias, los jóvenes y los necesitados; como respuesta eficaz al vacío pastoral provocado por la falta de formación.
- La religiosidad popular de nuestros fieles, rescatando sus valores de fe, piedad, sacrificio y solidaridad; la cual, convenientemente evangelizada y celebrada puede ser una respuesta adecuada a la ausencia de 'sentido de Dios', que señalara el mismo Papa.
Estas dos líneas de acción son dos puntos de referencia inexcusables para cualquier ensayo de respuesta pastoral, y pueden constituirse a la vez en los ejes de referencia de las propuestas elaboradas por la misma Asamblea Episcopal.
Pero cualquier elaboración debe partir de una premisa insoslayable; desde hace ya décadas la Iglesia ha asumido la presencia y expansión de estos nuevos movimientos religiosos no como un problema, sino que desde todas las perspectivas se lo considera como un desafío, es decir, como un nuevo reto que se presenta a la Iglesia en su recorrido en pos de cumplir el mandato del Señor: ...Id pues, y haced discípulos míos a todas las gentes buatizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo....
Este nuevo reto implica ante todo dar respuestas nuevas a las dificultades nuevas que la sociedad contemporánea nos presenta: la proliferación de manifestaciones religiosas de modo anárquico en realidad no es sino el síntoma de una nueva problemática cultural que se presenta a la Iglesia en su misión de recorrer la humanidad anunciando el Evangelio. De este modo el problema no son las sectas, sino que aparece un desafío: cómo evangelizar esta cultura pluralista, en crisis, poblada de individuos en busca de respuestas.
Ante la cuestión, la Iglesia, siguiendo el modelo del hombre sabio del Evangelio busca en sí misma para responder desde la riqueza de sus 2.000 años de historia, lo que tiene para ofrecer a este mundo del tercer milenio que se aproxima, de modo tal que pueda brindar una nueva evangelización remozada en el ardor y las formas, aunque fiel en los contenidos a la Verdad que ha recibido y se le ha encomendado comunicar.
Por esto Juan Pablo II nos propone dos pilares básicos para esta presentación renovada:
La parroquia. Al habitante de la modernidad, abandonado de la cultura y aislado de su entorno social, envuelto en la propia soledad, miembro de una sociedad que lo único que comparte es la preservación a ultranza del individualismo por el miedo a amar; la Iglesia tiene para ofrecerle la cultura de lo comunitario, la exaltación del valor aglutinante de la caridad que encuentra la felicidad más en el dar que en el recibir, el placer de trabajar juntos en la consecución del bien común... del mayor de los bienes a que podemos aspirar: la felicidad eterna.
En este sentido, la parroquia como comunidad debiera constituirse en el signo de credibilidad esencial de la Iglesia ya que hace presente de modo privilegiado el modo de vivir cristiano en medio del mundo; es la caridad hecha cultura, y por lo tanto mensaje comunitario de pertenencia, de razón de ser, de esperanza, de posibilidad del amor, a ese hombre moderno al que la modernidad intenta convencerlo de que solo es posible preservar su felicidad a través del aislamiento.
Por esto, una parroquia en que se vive la búsqueda permanente de sentido en la escucha de la Palabra de Dios; donde la vida sacramental propuesta de modo íntegro permite no sólo la referencia sino el encuentro asiduo con el Dios que es Camino, Verdad y Vida; en la que la caridad se hace efectiva en la solidaridad social; es la respuesta más apropiada que podemos dar a un hombre que se angustia en la búsqueda de pertenencia y de sentido, que exige un referente comunitario y necesita un ámbito de proyección solidaria en el que se sepa contenido y reconocido.
A la angustiosa soledad del hombre al cual la cultura ha alejado de Dios y luego a abandonado en su aislamiento; la parroquia, una parroquia renovada, le puede ofrecer el reencuentro personal con el Dios que es Amor, en el misterio de la pertenencia al Pueblo elegido de Dios.
La religiosidad popular. Porque el mensaje central de la Encarnación es que el reencuentro con la Trascendencia, con el 'sentido de Dios' perdido y sin el cual la historia de los hombres se vuelve asfixiante y sin objeto, no ha de buscarse a través de la sofisticación de las manifestaciones de poder, ni tampoco en elaboraciones intelectuales de sofisticación esotérica, menos aún es la vacuidad de pseudo-espiritualidades desprovistas de una relación concreta con lo propiamente Divino; sino en la fe vivida con sencillez y confianza en el abandono a la Providencia del Padre.
Y en este sentido, la religiosidad simple de nuestro pueblo nos ofrece un conjunto privilegiado de gestos culturales altamente significativos aún para el hombre más simple, y por lo tanto con una gran capacidad potencial de introducirlo en la comunión con el Dios Vivo, dándole plenitud de sentido y un ámbito de pertenencia en el que se mueve como propio.
Por supuesto que ello exige una revalorización del rol evangelizador que ocupan en la vida de nuestras comunidades las distintas expresiones de fe, a fin de rescatar en ellas los 'valores de fe y de piedad, de sacrificio y de solidaridad' que viera el Santo Padre en su Discurso ante la Asamblea de Santo Domingo; y por sobre todo el enriquecimiento de sentido que permite convertirlas en canales que conduzcan fluidamente a todos los hombres a la contemplación del misterio de Cristo y de la Madre de Dios, a la experiencia personal del encuentro con Dios.
Concluyendo, la respuesta acabada al desafío de la disgregación de la experiencia religiosa de este hombre del nuevo milenio no puede ser nunca una respuesta individual, sino que ha de ser esencialmente una respuesta comunitaria que nos lleve como Iglesia viva a proponer a cada hombre el desafío de la vida en unión con el Dios Trino que conocemos y adoramos a través de una intensa vida de oración, al que presentamos en nuestro testimonio coherente como comunidad cristiana al resto de la sociedad, y al que acercamos al resto de los hombres a través de una caridad expresada en nuestro compromiso con los más abandonados... especialmente los más alejados de la experiencia de Dios.
Los "instrumentos" que nos brinda la Iglesia
La situación de cristiandad que aún vivimos en pueblos mayoritariamente católicos, ha hecho que quizás perdiéramos un poco de vista algunos elementos fundamentales para dar una respuesta pastoral adecuada al fenómeno de las sectas y particularmente de la proliferación de cultos neo-paganos, de modo tal que nos restringimos a la práctica sacramental de la confesión, dónde, por facilitarse el trato más personalizado entre penitente y sacerdote, habitualmente recogemos las inquietudes de conciencia y el deseo de reintegrarse a la plena comunión eclesial.
Pero restringir la reinserción eclesial al mero trato privado en el sacramento de la Penitencia puede que no siempre sea el camino adecuado por al menos dos motivos.
El primero de ellos es que no podemos perder la dimensión comunitaria de nuestra relación con Dios, por ende, el ingreso o retorno al rebaño de quien estuvo alejado del culto verdadero, no es una cuestión meramente privada, sino que ha de conllevar y concretarse en la alegría de la comunidad cristiana que recibe también a quién se había alejado. En este sentido es preciso tener en cuenta la riqueza ritual del catolicismo, expresada en este caso particular en el ritual de admisión a la plena comunión de la Iglesia y en el ritual de Iniciación Cristiana de Adultos que por ejemplo, prevé en la iniciación de los catecúmenos una renuncia a los cultos paganos.
El segundo, porque en todos los casos corresponde al Obispo como cabeza de la Iglesia local la recepción a la plena comunión eclesial, tanto de los adultos no bautizados, como de aquellos que habíendo sido bautizados católicos se alejaron de la fe, debiendo en estos últimos casos si no corresponde levantar alguna de las penas de excomunión que el derecho prevé en algunos casos
