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Aproximaciones al fenómeno de las sectas:
Las causas predisponenetes
En el origen de la cuestión

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Última revisión: 26 Dic 1999

...el avance de las sectas pone de relieve un vacío pastoral, que tiene frecuentemente su causa en la falta de formación, lo cual mina la identidad cristiana y hace que grandes masas de católicos sin una atención religiosa adecuada -entre otras razones, por falta de sacerdotes-, queden a merced de campañas de proselitismo sectario muy activas. Pero también puede suceder que los fieles no hallen en los agentes de pastoral aquel fuerte sentido de Dios que ellos deberían transmitir en sus vidas...

Juan Pablo II
Discurso Inaugural de Santo Domingo, n. 12

Subjetivismo religioso Una palabra sobre la política exterior norteamericanaDisculpe!! Aún estamos trabajando en esta página
El individualismo Situación religiosa de la cultura contemporánea
      La Lectura Fundamentalista Aspecto ético-social
      La lectura ocultista Aspecto psicológico-individual

En cada oportunidad en que se plantea esta problemática de disolución religiosa, casi inmediatamente se plantea (al menos en nuestro medio), la necesidad de adjudicar responsabilidades. Por supuesto que la respuesta será diversa como diverso sea el enfoque del tema al que nos hemos referido en la introducción. Para algunos se tratará de una ofensiva ideológica y por lo tanto la responsabilidad será de la política norteamericana; pero para muchos otros, conscientes de que este es un fenómeno de connotaciones religiosas innegables, la responsabilidad debiera recaer en las iglesias históricas y su incapacidad para dar una respuesta suficientemente atrayente a la problemática del hombre contemporáneo.

Claro que un planteo de ese tipo no resiste el simple análisis histórico, porque a poco de recorrer el camino de la historia de la Iglesia hemos de encontrarnos con épocas mucho más difíciles y menos luminosas, en las que no por eso se produjo un fenómeno de estas magnitudes y características; muy por el contrario, esta segunda mitad del siglo XX asiste al fenómeno de una Iglesia Católica con una imagen y una presencia en el contexto social y cultural quizás muy pocas veces vistas antes. Ante esta realidad muchos apelan a respaldarse en la crisis en que se ve inmersa la institución familiar en Occidente.

Pero así sola, esta es también una explicación simplista, no todos los que son captados por las sectas son adolescentes, y por lo general cuando lo son, no pertenecen siempre a familias de padres separados o que sufren alguna situación de conflicto particular; sino que por el contrario, muchos de sus miembros pertenecen a familias que podríamos denominar 'tipo', sin problemáticas especiales.

Lo que si parece posible es que la crisis de la institución familiar y la de las estructuras religiosas sean manifestaciones paralelas de un mismo fenómeno de disgregación cultural. Sobre todo si partimos de la premisa de que la conducta sectaria es un fenómeno básicamente sociológico, no religiosos ni político.

Lo que no podemos negar, sobre todo si tenemos en cuenta la afirmación ya citada del Documento de Puebla de que 'lo esencial de la cultura está constituido por la actitud con que un pueblo afirma o niega una vinculación religiosa con Dios', es la íntima vinculación existente entre el fenómeno socio-cultural y la opción religiosa de un pueblo. Si asistimos a una crisis cultural, es muy posible que encontremos sus raíces últimas es una crisis religiosa.

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Una palabra sobre la relación de la política exterior norteamericana y el avance de los nuevos grupos

Es común, al tratar la cuestión del avance y progreso de las sectas en los países en vías de desarrollo, escuchar adjudicar su progreso al apoyo político y económico de la política norteamericana a estos grupos.

El Santo Padre mismo, al inaugurar la Asamblea de los Obispos en Santo Domingo hizo referencia a este hecho al afirmar: "Por otra parte, no se puede infravalorar una cierta estrategia, cuyo objetivo es debilitar los vínculos que unen a los Países de América Latina y minar así las fuerzas que nacen de la unidad. Con este objeto se destinan importantes recursos económicos para subvencionar campañas proselitistas, que tratan de resquebrajar esta unidad católica".

Sin dudas que se alude a una realidad existente, aunque no tan oculta o subrepticia como se podría creer. Ya en 1912, el presidente Roosevelt, al visitar la Argentina afirmó que "la asimilación de los países latinoamericanos a los Estados Unidos será larga y dificultosa mientras continúen siendo católicos". Una afirmación que no carece de sentido si tenemos en cuenta la unidad cultural y religiosa de los países iberoamericanos que contrasta claramente con la pluralidad y falta de unidad religiosa de Estados Unidos; claro que abría que discutir esta ‘necesidad’ de que los países sudamericanos sean ‘asimilados’ por su hermano del Norte.

Esta diferencia ha cualificado las relaciones del país del Norte con el resto del continente al sur del Río Grande a lo largo de todo el desarrollo del siglo XX. Una expresión clara de la presencia permanente de esta cuestión, en medio del estallido religioso verificado a partir de la década del ’50, es el denominado habitualmente ‘Informe Rockefeller’, elaborado por el financista americano a comienzo de la década del ’70 a partir de su gira por todo el continente, en el cual sostiene "la necesidad de sustituir a los católicos por otros cristianos en América Latina" en obvio alusión a los grupos evangélicos y pentecostales, e incluso propone "apoyar a los grupos fundamentalistas cristianos y a iglesias tipo Moon y Hare Krisna".

Y no sólo hay discursos en este sentido, cualquier persona medianamente informada y con algo de memoria podrá recordar a los grandes tele-evangelistas que, desde sus espacios televisivos, realizaban importantes colectas de fondos para el apoyo de los intereses americanos en América Central

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Situación religiosa de la cultura contemporánea

Estudiar diligentemente el fenómeno de los 'movimientos religiosos libres' y las causas que motivan su rápido crecimiento, para responder en nuestra comunidades eclesiales a los anhelos y planteamientos a los cuales dichos movimientos buscan dar una respuesta...

Documento de Puebla
n. 1667

Pero la elaboración de una respuesta adecuada al desafío que representa el fenómeno del estallido religioso exige algo más que meramente señalar de un modo más o menos general el contexto socio-cultural en el cual se gesta este fenómeno; por lo tanto es ciertamente necesario que detectemos claramente cuáles son las condiciones que han sido y son predisponentes para el estallido religioso y su rápida expansión en una sociedad como la nuestra, que ya conoce el mensaje del Evangelio. Esta consideración parece conveniente hacerla desde dos perspectivas diversas a la vez que complementarias, la perspectiva individual y la social:

Aspecto ético-social

Mucho se ha escrito y se sigue escribiendo acerca de la situación de la cultura occidental en este adviento del tercer milenio. Posmodernidad, crisis cultural, modelos alternativos de familia, transformación de estructuras sociales...

Quizás lo más cierto que podamos decir es que nuestra cultura padece desde hace ya largo tiempo una aguda Crisis Moral; crisis gestada y desarrollada no en estas últimas décadas como podríamos rápidamente suponer, sino a lo largo de varios siglos; y que no se manifiesta primariamente en el hecho de que se cometan más crímenes que en otras situaciones históricas, o en el avance de flagelos como la droga, la degradación de costumbres y la corrupción (esto sería simplemente un problema de ‘conductas’ moralmente reprobables); sino que se hace patente prioritariamente en el progresivo desarrollo de un marcado desequilibrio entre el avance técnico-científico del género humano y el estancamiento del desarrollo de su conducta moral por un lado, y por otro, en la progresiva instalación como criterio culturalmente aceptado de una dualidad irreconciliable entre moralidad y legalidad que implica una renuncia al juicio moral de las conductas para una valoración de orden meramente legal, sumergiéndonos en un legalismo de orden positivista sin referencias de valor trascendente.

Es así que mientras la moderna tecnología pone hoy en manos de unos pocos hombres la posibilidad de dar muerte o alimentos a millones de hombres, aún seguimos debatiéndonos agitados por nuestros viejos fantasmas de división, odio y rencor, y por lo tanto asistimos a guerras de una crueldad inimaginable hace solo una década, guerras que ya no son alentadas solo por los nacionalismos o las diferencias históricas entre pueblos vecinos, sino que muchas veces tienen su fuente última en intereses tan bajos como la comercialización de estupefacientes o el tráfico de armas.

Pero esto no se verifica solamente en los grandes niveles de decisión internacional, también al mismo tiempo que el desarrollo tecnológico pone en manos de un médico la posibilidad de dar vida a través de los modernos métodos de fecundación y de diagnóstico prenatal, nos mostramos incapaces de orientar adecuadamente nuestras pasiones más básicas, con lo que asistimos al desenfreno genital, el aborto y la esclavitud sexual.

Es decir, mientras el desarrollo científico y tecnológico nos brinda los elementos básicos para que podamos edificar una cultura que sea un himno a la vida como el don más precioso depositado por el Creador en las manos de sus creaturas, no hemos sido capaces de desarrollar en nuestros corazones la capacidad de receptar, admirar, agradecer y amar este don. Paradójicamente, al mismo tiempo que vivimos una situación histórica única que nos posibilita una plenitud cultural que se manifieste en el lugar que como cultura otorgamos a la Vida, nuestra inmadurez da lugar a que desde el mismo interior de nuestra sociedad pongamos esta situación al servicio de una cultura de la muerte.

Esto puede dar pie a pensar que cuando muchos grupos esotéricos elaboran un pasado legendario con una cultura desaparecida (que algunos identifican con la Atlántida) por un proceso autodestrucción consecuencia de la incapacidad de controlar la tecnología que habían generado, no están haciendo más que proyectar a un pasado inexistente los temores del hombre contemporáneo, con la ilusión de que nuestra proyección futura supera esa barrera de negatividad.

Este desequilibrio reconoce causas diversas. En primer lugar, en la cultura contemporánea ha habido una disminución creciente del influjo de los esquemas religiosos -o dicho de un modo más genérico, de los valores trascendentes- en la formulación de las pautas de conducta propias de una sociedad.

En los esquemas culturales y sociales que precedieron nuestro siglo XX, la precedencia cultural de los esquemas religiosos y filosóficos aceptados a nivel social fundaba las opciones éticas y morales de esa sociedad, a partir de las cuales se generaban los esquemas de aceptación o rechazo moral de una conducta, y las pautas de legalidad o ilegalidad en el orden comunitario. Pero desde hace algunas décadas estamos asistiendo a un fenómeno nuevo: la religión y las escuelas de reflexión filosófica han dejado de ser 'productoras de valores morales' o paradigmas sociales, para ser reemplazada en esta tarea por las 'modas', los medios de comunicación, u otros esquemas semejantes que por naturaleza no pueden dar fundamento real a lo que socialmente se acepta como un ‘valor’. Ya no se fundamenta, sino que simplemente se impone; el discurso ha sido reemplazado por el slogan.

Este fenómeno ha dado lugar a un sistema moral pragmático y acomodaticio, desprovisto de sustento trascendente, sin fundamentación objetiva, justificado en sí mismo, fruto de un sistema cultural básicamente inmanentista, elaborado desde un proyecto de orientación liberal-iluminista.

De este modo y paradójicamente, mientras rechazamos los formalismos y convenciones miramos las conductas individuales y sociales con la lupa de la mera ‘legalidad’ que en definitiva no es más que una forma convencional a la que se ha vaciado de fundamento real, rechazando la posibilidad de un juicio moral, porque se lo tiende a considerar como una intromisión en la ‘privacidad’ de los individuos. Preferimos lo legal a lo bueno, con lo cual nos esclavizamos a las formas que antes rechazamos.

Una legalidad además, que a su vez se encuentra duramente cuestionada, porque tampoco se reconocen ya a las instituciones legislativas y judiciales como productoras de valores y arquetipos sociales; pero una legalidad finalmente aceptada igual, ya que necesitamos como sociedad elementos comunes que permitan la convivencia, y que por lo tanto terminamos adoptando aunque no se le reconoce verdadero valor y por lo tanto no se adopta como modo de vida propio sino como simple forma externa de convivencia.

Una segunda causa ha de reconocerse en el pluralismo ideológico y cultural que ha caracterizado la segunda mitad del siglo XX, y para el que quizás no estamos adecuadamente preparados tanto desde una perspectiva social como individual.

Este pluralismo cultural es consecuencia directa de un desarrollo acelerado y de magnitudes sin precedente histórico de los sistemas de comunicaciones, lo que ha provocado un acercamiento nunca antes visto de las distintas culturas y sistemas políticos y sociales de nuestro planeta; lo que hemos dado en llamar, el proceso de ‘globalizaci7ón’.

Esto ha provocado a un desconcierto que como consecuencia (al estar acompañado por una falta de fundamentación objetiva de los valores de bondad) ha dado lugar a un permisivismo social creciente y a la adopción de conductas culturales diversas, de modo anárquico y no debidamente contextuadas, generando un fenómeno de sincretismo cultural que como la denominación refiere, alude a nuevos esquemas sociales y culturales que carecen de un verdadero eje unificador. Son claros ejemplos de este fenómeno el empleo de alucinógenos, o mejor, más específicamente dentro de la temática que nos ocupa, la difusión contemporánea de las ‘artes marciales’ y la ‘gimnasia yoga’.

Casi imperceptiblemente, hemos pasado sin transiciones de esquemas culturales de uniformidad, a un esquema en el que lo único en común es que cada uno tiene la posibilidad de armar su propio ‘menú’ de opciones culturales. Esto no significa una total atomización social, que quizás no sea posible, sino que quizás sea la fuente de lo que algunos pensadores contemporáneos denominan las ‘subculturas’, ya que el individuo necesita para su ubicación en el medio establecer algunos elementos de pertenencia, y cuando no se reconoce a sí mismo en la propuesta socialmente predominante, procurará adherir a alguno de estos subgrupos que serán los que le darán identidad y reconocimiento social.

Un tercer factor igualmente importante está dado por el inmenso dominio alcanzado por el hombre sobre las fuerzas naturales, lo que le proporciona en algunos casos un nivel de bienestar nunca antes conocido, y un progresivo opacarse de las causas del dolor o el sufrimiento.

Bienestar y felicidad no son sinónimos, pero la actual situación de bienestar creciente, y la pérdida de criterios objetivos de bondad han conducido a la adopción de un ideal personal hedonista, de persuasión práctica en la búsqueda del placer, para el cual placer, bienestar y felicidad se identifican; para el cual la felicidad ya no es el reposo en el bien, sino que se confunde con el ‘sentirse bien’.

Y paradójicamente este modelo se impone aún cuando no podemos dar respuesta a las inquietudes y dolores más profundos de la naturaleza humana que se resisten a desaparecer en la utopía del hedonismo, instancias de dolor tales como la angustia, la soledad, el miedo y la muerte, cuya solución no depende ni deviene, aunque puede confundirse con el simple 'sentirse bien'. Bienestar y felicidad no son sinónimos, es cierto, pero para muchos contemporáneos percibir la diferencia se está convirtiendo en una empresa casi imposible de lograr.

Consecuentemente, mientras externamente proclamamos las maravillas y grandezas del actual desarrollo científico, tecnológico y en materia de descripción teórica de la dignidad y grandeza del hombre, constatamos que nos encontramos ante una crisis de modelos culturales y de estructuras sociales, en cuya raíz se descubre la incapacidad de la ciencia y la técnica para dar respuesta suficiente a todos los interrogantes que plantea el hombre como individuo: su necesidad de pertenencia, de respuestas, de integridad, de identidad cultural, de unidad, y por sobre todo, de trascendencia, y nuestra incapacidad ética de corresponder coherentemente en nuestras conductas con las declaraciones teóricas acerca de la igualdad y dignidad del hombre para superar las inmensas diferencias que cada día nos separan más.

El individuo sometido a esta tormenta cultural, que debe navegar a través de esta crisis, es un hombre esencialmente solo y en soledad, falto de una guía espiritual segura, un hombre ansioso de ser reconocido, de tener la posibilidad de participar y comprometerse en el desarrollo de su destino, es decir, de actualizar su libertad en una cosmovisión integral y abarcadora de sí mismo, del mundo y de Dios que le permita superar los conflictos de división que lo desgarran.

Estos conflictos han sido agudamente reseñados por Juan José Sebreli en su ‘Ensayo Crítico’:

"Los jóvenes rebeldes del 60 incurrían en serias contradicciones que no advertían: proclamaban la liberación de la familia, de la escuela y del Estado pero a la vez se sometían a la autoridad indiscutible del gurú. Reclamaban la igualdad, la libertad individual y la defensa de los derechos humanos, sin advertir que la ley del Karma y la reencarnación, en la que coinciden casi todos los esoterismos, invalida la lucha contra la injusticia, ya que ésta no es sino el castigo por los pecados cometidos en una vida anterior. El tipo de sociedad adecuada al espiritualismo oriental no es de ningún modo la democracia occidental, ni tampoco el socialismo real o utópico, sino el sistema de castas imperante en la India tradicional, sociedad que por otra parte está muy lejos de haber logrado la armonía y el amor entre los hombres, que sería la consecuencia de su religiosidad, según sus idealizadores."

El drama contemporáneo es que esos ‘jóvenes rebeldes del 60’, son ahora dirigentes políticos, empresariales, sociales, culturales o religiosos; y que muchos de ellos no terminan de tomar conciencia de esta ambigüedad y contradicción. Aunque hayan completado carreras universitarias y citen prolíficamente a sociólogos y psicólogos, aunque en muchos casos se nieguen a hablar de fe y de moral; prisioneros de su propia contradicción siguen juzgando la realidad más desde su mirada cuasi mágica (que es, aunque no lo puedan reconocer como tal, un supuesto de fe) que desde la objetividad de la verdad.

Una ambigüedad difícil de superar, ya que el pensamiento mágico, tanto como el fundamentalista, son atractivos merced a que permiten dar respuestas simples y directas a las cuestiones que angustian. Permiten calmar la angustia por el futuro que provoca la libertad con la certeza del determinismo, que exige mucho menos compromiso que la apertura de la esperanza. Mientras el determinismo calma las ansiedades, el pensamiento mágico brinda una vía de escape para el ejercicio de una libertad miniaturizada y libre de responsabilidad; y de este modo, libertad y determinismo, proyectos personal y ley del Karma, logran convivir en el alma de una sociedad que sin embargo se inhabilita a sí misma para alcanzar la plenitud de la responsabilidad y el compromiso consigo misma y con la trascendencia.

Hay, finalmente, un cuarto elemento quizás aún no suficientemente estudiado, y es el referido a la influencia que tienen las modernas estructuras urbanas en la estructuración religiosa y cultural de la personalidad del individuo.

En este sentido son muy interesantes las reflexiones que realiza Mircea Eliade: "…el espacio no es homogéneo para el hombre religioso; algunas partes son cualitativamente diferentes. Hay un espacio sagrado y por lo tanto fuerte, importante; y hay otros espacios que no son sagrados y por lo tanto carecen de estructura, forma o significado. Pero esto no es todo. Para el hombre religioso esa no-homogeneidad espacial encuentra expresión en la experiencia de una oposición entre el espacio que es sagrado -el único espacio real y realmente existente- y todos los otros espacios, la extensión informe que lo rodea. La experiencia religiosa de la no-homogeneidad del espacio es una experiencia primordial, comparable con la fundación del mundo. Pues es la ruptura del espacio lo que permite que el mundo se constituya, porque revela el punto fijo, el eje central para orientación futura… En la extensión homogénea e infinita en la cual no existe un punto de referencia posible y en consecuencia ninguna orientación puede establecerse, la hierofanía revela un punto fijo absoluto, un centro…"

Desde esta perspectiva sería muy interesante poder estudiar la influencia de los cambios de estructura urbana en la experiencia religiosa de nuestra gente. Es hoy día muy fácil constatar cómo la estructura urbana tradicional de nuestros pueblos de origen criollo, elaborada alrededor de una plaza central y un centro cívico (donde participan los ‘actores sociales’: la parroquia, el municipio, la escuela, la comisaría y el cine), ha sido reemplazada por la anarquía y uniformidad urbana de los grandes centros poblados, donde los centros cívicos han sido desplazados por los centros comerciales y donde ya no existe un eje organizador que nuclee las instituciones encargadas de preservar los valores a nivel social.

Coincidentemente con este esquema urbanístico, los individuos que se trasladan desde los pequeños pueblos del interior hacia esos centros urbanos sufren la misma confusión. Los valores sociales que eran preeminentes en el pueblo: la familia, el buen nombre, la religión, la educación y la justicia; son abandonados de la mano de una apatía social en la que todo se ve como igual, sin distinción de valores, en una uniformidad en la que lo valioso y lo secundario sólo pueden elaborarse a través de una serie de parámetro de fidelidad personal no muy claros. De este modo el individuo queda desprovisto de esquemas culturales de adecuación a la realidad y se ve urgido a adoptar cualquier patrón que se le proponga: la droga, el alcohol, la delincuencia de las bandas, la dependencia de un líder sectario…

Por eso este es todo un campo de estudio: ¿cuál es la real relación que existe entre modelos urbanos carentes de ejes organizativos y sumergidos en la uniformidad que es anarquía de los valores, y el fenómeno de estallido de la experiencia religiosa contemporánea?

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Aspecto psicológico-individual

"… algunos secretos trágicos del intelectual moderno de Occidente; por ejemplo, su profunda insatisfacción por las formas gastadas del cristianismo histórico y su deseo de liberarse violentamente de la fe de sus antepasados, acompañada por un extraño sentimiento de culpa, como si él mismo hubiera matado a un dios en el que no podía creer pero cuya ausencia le era imposible soportar"

Mircea Eliade
Ocultismo, brujería y modas culturales, p. 20

Por esto, la clave del conflicto se ha desplazado al plano individual, personal. Estas visiones cosmocéntricas de la realidad no hacen más que reducir la persona a ‘un ladrillo más en la pared’ como afirmaba una canción; aunque en su explicitación afirmen lo contrario, en los hechos reducen y cautivan al individuo en su libertad y su capacidad de auto realización.

Pero la persona humana es un ser eminentemente relacional, fruto de la relación interpersonal y creado para ella, que sólo encuentra su desarrollo y madurez propios si es capaz de desarrollar plenamente y por sí mismo, los distintos ámbitos de relación con la realidad que lo circunda. Tales ámbitos de relación son básicamente los que denominamos sociedad, familia, la intimidad personal, y la Trascendencia.

En este sentido, toda cultura es en sí un complejo de símbolos que ofrecen al individuo una serie de modelos que le permiten relacionarse de modo espontáneo y sin mayor mediación reflexiva en cada uno los niveles enunciados. Esto es visible aún a través de la conformación urbanística de los pueblos tradicionales: el centro cívico está desarrollado alrededor de la plaza (no del centro comercial como ocurre en muchos casos hoy), y allí se encuentran la Iglesia, la comisaría, el juzgado de paz, la escuela, el palacio municipal... Todos estos elementos urbanístico son en realidad símbolos culturales que hacen presente al individuo una serie de valores trascendentes que deben ordenar su vida personal y social: la fe, el respeto de la ley, la necesidad del cultivo personal, la colaboración en la construcción del bien común, la diversión...

Cuando decimos que nuestra cultura se encuentra en crisis, lo que queremos decir es entonces, que la oferta cultural contemporánea, antes que brindar al individuo una ayuda y un sostén para su proceso de maduración personal, por el contrario le propone modelos culturales ambiguos y contradictorios que introducen conflictos diversos en cada uno de estos ámbitos de relación.

Es decir que, no sólo no se proponen los modelos culturales que el individuo necesita, sino que muchas veces se proponen pautas de conducta o esquemas simbólicos que más bien sumergen a la persona en un estado de inmadurez crónico, siendo en consecuencia altamente generadora de personalidades deficitarias en alguna de las áreas de relación personal que hemos mencionado antes.

Pero la persona es una realidad dinámica, al no desarrollar adecuadamente sus ámbitos de relación interpersonal a partir del ejercicio responsable de su libertad, se ve necesariamente inclinada a desarrollar situaciones de dependencia generadas a partir de la inmadurez afectiva causada por la falta de compromisos libres, cuando no psicopatías de distinto tipo. Es que se trata básicamente de personalidades incompletas en alguna de sus áreas de relación, que por lo tanto buscan casi espontáneamente completar su estructura psicológica, para lo cual recurren muchas veces a reemplazos inadecuados.

En general se trata de personalidades que ya desde la propuesta cultural han sido despojadas de su núcleo de trascendencia; durante años el secularismo luchó por eliminar todo planteo trascendente del ámbito público dando lugar a una pretendida cultura de la inmanencia que despojaba al individuo del eje trascendente que es el estructurante de la personalidad, generando de este modo un vacío que irremediablemente ha venido a ser llenado por la religión de la inmanencia (el culto de lo social como única trascendencia real posible) o la magia (el trasladar el valor trascendente a una realidad inferior a la persona humana).

Este contexto social e individual ha generado en casi todos los ambientes, incluso aquellos que eran tradicionalmente refractarios e incluso agresivos ante los valores religiosos, una actitud de creciente preocupación y apertura hacia la problemática religiosa, o a 'lo espiritual' como se suele decir hoy de un modo patéticamente difuso. Este es sin lugar a dudas, un medio propicio para planteos religiosos de cualquier tipo.

Pero estos planteos religiosos contemporáneos (podemos verlo fácilmente con una rápida ojeada a los medios de comunicación) son por su mismo Origen, Ambiguos ya que la insatisfacción que lo provoca no siempre es de índole religiosa, sino que en muchas ocasiones se trata en realidad de falencias en otro campo de relación, sea el personal, familiar o social, que se procuran llenar falsamente desde una presunta fe religiosa, un ejemplo claro, es el de aquellos que buenamente procuran ocultar detrás del activismo pastoral las falencias afectivas de su núcleo familiar; o la oferta 'espiritual' vacía de verdadera religión de la Nueva Era, que confunde una comunidad religiosa con un grupo de auto-ayuda.

Esta ambigüedad de origen conlleva también una notoria Ambigüedad en el Fin, dado (también con una intención recta) que se busca una solución que satisfaga la necesidad que se plantee, sin importar cuan verdadera pueda ser. Así, no importa la Comunión con el Señor de la Verdad y la Vida, sino el consuelo; aunque el recurso para conseguirlo sea la mentira de la magia o la vacuidad del materialismo, que por otro lado se reconocen como incompletos.

Este individuo, necesitado de una referencia sólida al Ser, sediento de ser reconocido, y por sobre todo, necesitado de un ámbito de participación y compromiso, es el destinatario privilegiado y el objetivo principal de la agresión religiosa escondida detrás del proselitismo sectario, que le promete respuestas a todas estas falencias, sin que a nadie le importe que esas respuestas sean verdaderas.

Pero en este diagnóstico no debemos perder tampoco de perspectiva, que es a este individuo contemporáneo, inmerso en una profunda crisis personal y social, al que los católicos debemos ser capaces de brindar una respuesta pastoral y cultural adecuada, pero desde la Verdad. Respuesta pastoral que no puede dejar de tener en cuenta las falencias enunciadas, pero que simultáneamente debe evitar que el individuo busque en la fe un subsidio para sus deficiencias afectivas.

Es nuestro deber irrenunciable, el aprovechar esa búsqueda ansiosa de un núcleo trascendente, para brindar una presentación renovada de Cristo, único Camino, Verdad y Vida. Pero en esta respuesta que debemos dar al hombre contemporáneo hemos de cuidar que esa presentación de la Verdad cifre eminentemente su eficacia en Cristo mismo, Palabra Viva del Padre, y en el Misterio de su Misericordia que sale al encuentro del hombre, no tanto en una metodología masificante que aliene al hombre, eliminando su voluntad, llenándolo no a través de la adhesión libre y amorosa de los hijos de Dios, sino por el sometimiento engañoso del pensamiento colectivo.

Deber irrenunciable decimos, porque el corazón del hombre de los albores del tercer milenio es un terreno fértil que de no ser cultivado dará lugar al desarrollo de la maleza, como de hecho está ocurriendo: en el corazón del hombre contemporáneo se desarrolla todo lo que se proponga como una respuesta a esta búsqueda de Dios, sin importar demasiado la validez o no de tal respuesta. Sembremos entonces la Verdad para que fructifique en Vida.

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